El valor de volver a escucharnos

Hay escenas que hace apenas unas décadas eran parte de la vida cotidiana. Una familia reunida alrededor de la mesa. Un mate que iba de mano en mano. Los chicos contando cómo les había ido en la escuela. Los abuelos compartiendo historias. Los padres escuchando, aconsejando o simplemente acompañando. No era un mundo perfecto, pero había algo que hoy parece escasear: el tiempo para escucharse.

Vivimos convencidos de que la tecnología nos acerca. Y, en muchos aspectos, es cierto. Podemos comunicarnos con cualquier persona en cuestión de segundos y saber qué ocurre en cualquier rincón del planeta. Sin embargo, mientras las distancias físicas se acortan, las emocionales parecen agrandarse. Estamos conectados con todos, pero muchas veces desconectados de quienes están sentados a nuestro lado.

Resulta paradójico que en una sociedad donde sobran las palabras falte diálogo. Todos queremos expresar nuestra opinión, hacer valer nuestras razones, defender nuestras ideas. Pero escuchar exige algo mucho más difícil que hablar: detenerse, hacer silencio, dejar de pensar en la respuesta para intentar comprender lo que el otro está sintiendo.

Quizá allí radique uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. No estamos perdiendo únicamente la capacidad de conversar; estamos perdiendo la capacidad de encontrarnos. Porque el diálogo verdadero no nace de dos personas hablando al mismo tiempo, sino de dos personas dispuestas a escucharse.

La familia es el primer lugar donde esa enseñanza debería florecer. Es el espacio donde aprendemos a convivir con las diferencias, donde descubrimos el valor del respeto y donde entendemos que cada palabra puede construir o destruir un vínculo. Sin embargo, también allí el silencio comienza a instalarse de una manera distinta. No es el silencio de la paz, sino el de la ausencia. Cada uno frente a una pantalla, cada uno inmerso en su propio universo, compartiendo la casa, pero no siempre la vida.

¿Cuántas veces preguntamos … ¿cómo estás?» , ¿Cuántas veces dejamos de lado el teléfono para mirar a los ojos a quien tenemos enfrente? ¿Cuántas conversaciones importantes se postergan porque «no hay tiempo», hasta que un día descubrimos que el tiempo pasó demasiado rápido?

Los hijos necesitan ser escuchados mucho antes de que aparezcan los problemas. Los padres también necesitan sentirse comprendidos. Los abuelos no solo quieren contar recuerdos; muchas veces buscan seguir siendo parte de una historia familiar que no debería olvidarlos. Y todos, sin excepción, necesitamos sentir que alguien presta atención a lo que nos pasa, aun cuando no encontremos las palabras exactas para decirlo.

Escuchar es un acto de amor. Es decirle al otro, sin pronunciar una sola palabra: «Tu vida me importa». Es regalar presencia en un tiempo donde abundan las distracciones. Es elegir el encuentro cuando todo parece empujarnos hacia el aislamiento.

También como sociedad hemos caído en la costumbre de hablar más fuerte en lugar de dialogar mejor. La diferencia de opiniones se transforma con facilidad en enfrentamiento, y el desacuerdo parece justificar el desprecio. Hemos olvidado que nadie aprende hablando únicamente con quienes piensan igual. Las sociedades más fuertes no son las que eliminan las diferencias, sino las que saben convivir con ellas a través del respeto y la escucha.

Tal vez la reconstrucción de una sociedad más solidaria, más tolerante y más humana no empiece en los grandes discursos ni en las decisiones de los poderosos. Tal vez comience en algo mucho más sencillo y mucho más profundo: una mesa compartida, una conversación sin apuros, una madre que escucha a su hijo, un padre que deja el teléfono a un lado, un abuelo que vuelve a contar una historia y un nieto que decide escucharla.

No hacen falta grandes gestos para cambiar el mundo. Muchas veces basta con recuperar esos pequeños hábitos que durante generaciones mantuvieron unidas a las familias y fortalecieron a las comunidades.

Quizá todavía estemos a tiempo.

Porque mientras exista una puerta que se abra para conversar, una mesa alrededor de la cual reunirnos y alguien dispuesto a escuchar con el corazón, siempre habrá esperanza de reconstruir los vínculos que nos hacen verdaderamente humanos.

Y acaso esa sea la tarea más urgente de nuestro tiempo: volver a mirarnos, volver a escucharnos y volver a descubrir que, antes que individuos aislados, somos una familia. Y que de la fortaleza de cada familia depende, en gran medida, el futuro de toda la sociedad.

Por Reynaldo Ortiz

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4 comentarios sobre «El valor de volver a escucharnos»

  1. Yanina

    Hoy la realidad es muy difícil que la familia esté junta …no solo por los horarios de trabajo los horarios de colegio sino por qué a veces en esa mesa solo hay hermanos,o un solo papá o una mamá o la niñera.
    Hace años se desvaloriza la unión de la familia.
    La primera célula de todo sociedad.Tal vez esto tan simple pero tan importante sea la causa consecuencias de la realidad actual de la sociedad tan solitaria vacía de valores , responsabilidad y violencia.

  2. Alejandra

    Hace unos días hablábamos de ésto, y pensaba que en las generaciones futuras ya no va a existir la reseta de la abuela, porque ya no preguntamos, ahora directamente lo buscamos en Google, no vamos a tomar el tiempito de la visita a la abuela para preguntar la reseta. Que triste ver cómo los vínculos se van rompiendo.

  3. Marcelo Nievas

    Es así, no era perfecta la vida, pero la comunicación, quizás en pocas palabras, alertaba, conducía, aprobaba o desaprobada. Ojala volvamos, lo veo dificil, , pero ojalá volvamos a las mesas llenas de familia.

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