Nunca den por muerta a la Argentina

El próximo domingo, el mundo volverá a detenerse frente a una pelota. Argentina y España disputarán la final del Mundial 2026, un duelo entre dos escuelas futbolísticas que llegan por mérito propio, con argumentos, talento y convicción. España representa el presente brillante de una generación que deslumbra por su juego colectivo. Argentina, en cambio, vuelve a hacer lo que mejor sabe: competir cuando muchos dudan de ella.

Porque si algo enseñó esta Selección es que nunca hay que darla por vencida. Lo hizo en este Mundial una y otra vez. Supo sufrir, remontar partidos, soportar la presión y responder en los momentos donde otros se quiebran. No fue casualidad. Es una forma de entender el fútbol y la vida. Esa identidad que convirtió a la camiseta albiceleste en un símbolo de resistencia mucho antes de que sonara el pitazo inicial.

En el centro de esa historia aparece, inevitablemente, Lionel Messi. A los 39 años, cuando muchos imaginaban que su tiempo ya había pasado, volvió a conducir a la Argentina hacia otra final del mundo. Quizás ya no gane los partidos con la velocidad de sus primeros años, pero sigue haciéndolo con la inteligencia, la jerarquía y una influencia que trasciende cualquier estadística. Su liderazgo contagia. Su sola presencia obliga a creer.

Messi lo resumió después de la semifinal: este equipo sabe leer los momentos del partido y nunca deja de creer. Eso quedó reflejado en la remontada frente a Inglaterra y en un recorrido marcado por la capacidad de levantarse una y otra vez.

Argentina llega a esta final con el peso de ser la campeona defensora y con la posibilidad de escribir otra página histórica. Del otro lado estará una España poderosa, dinámica y merecida finalista, consciente de que para levantar la copa deberá neutralizar no solo a Messi, sino también el espíritu competitivo de un equipo que parece crecer en la adversidad.

Hay quienes analizan la táctica, las estadísticas o los nombres propios. Todo eso importa. Pero las finales también se juegan con el corazón. Y ahí Argentina suele encontrar un plus que no aparece en ninguna planilla.

El fútbol argentino aprendió hace tiempo que las grandes conquistas nacen cuando la fe resiste, incluso en los momentos más difíciles. Así fue en Qatar. Así volvió a ser en este Mundial. Por eso, más allá del resultado que entregue el domingo, hay una certeza que este grupo volvió a instalar…A la Argentina nunca hay que darla por muerta.

No deja de ser llamativo que, en un país atravesado por discusiones permanentes, donde casi todo divide, la Selección siga siendo uno de los pocos lugares capaces de reunir a millones detrás de un mismo sueño. La política busca, muchas veces sin éxito, construir mayorías. El fútbol, en cambio, las encuentra de manera natural cuando la camiseta celeste y blanca sale a la cancha. Quizá porque la Selección representa algo que excede un gobierno, una época o una ideología: la idea de que los argentinos pueden volver a creer en sí mismos.

«Quizás por eso el domingo no se juegue solamente una Copa del Mundo. También estará en juego esa vieja convicción Argentina de que las derrotas nunca son definitivas cuando todavía quedan coraje, memoria y una camiseta celeste y blanca. Porque hay pueblos que se resignan. Y hay otros que vuelven a empezar. La Argentina, con todos sus defectos, pertenece a ese segundo grupo.»

Por Reynaldo Ortiz

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