Cuando millones de argentinos siguen ajustando sus gastos para acomodar su economía, la política vuelve a quedar bajo la lupa. El reciente incremento salarial otorgado al personal legislativo arrastró una nueva suba en las dietas de los senadores nacionales, que ahora superan los $11,6 millones mensuales. Una cifra que, una vez más, alimenta el malestar social y profundiza la distancia entre la dirigencia y la realidad cotidiana de los ciudadanos.
Los tres representantes de San Juan en la Cámara alta , Bruno Olivera, Sergio Uñac y Celeste Giménez, quedaron alcanzados por el aumento, producto del sistema que ata automáticamente las dietas de los legisladores a las actualizaciones salariales del Congreso. Si bien el mecanismo evita que los propios senadores deban votar cada incremento, el resultado final vuelve a generar el mismo efecto: salarios que crecen muy por encima de los ingresos de la mayoría de los trabajadores y jubilados.
La controversia no pasa únicamente por el monto, sino por el contexto. Mientras el Gobierno nacional sostiene un discurso de austeridad y gran parte de la población enfrenta la pérdida del poder adquisitivo, el Congreso continúa exhibiendo una estructura de ingresos que resulta difícil de explicar puertas afuera. La automática actualización de las dietas parece funcionar como un privilegio blindado frente a la realidad económica que afecta al resto de la sociedad.
Cada aumento reabre un debate que la dirigencia evita resolver de fondo: el de la transparencia, la razonabilidad y los criterios con los que se fijan las remuneraciones de quienes representan a los argentinos. Porque más allá de la legalidad del mecanismo, la legitimidad política también se construye con gestos.
Con dietas que ya superan los $11,6 millones mensuales, los senadores vuelven a quedar en el centro de una discusión incómoda. No solo por lo que cobran, sino por el mensaje que transmite una política que parece encontrar mecanismos para proteger sus ingresos incluso en tiempos de fuertes restricciones para el resto de la sociedad. Esa es, quizás, la brecha que más cuesta cerrar.
