La expresión “farmear aura” parece una moda adolescente, una frase nacida de las redes sociales. Pero detrás de ella hay algo mucho más profundo: una generación que, en muchos casos, parece haber reemplazado el esfuerzo por la exhibición, el aprendizaje por la aprobación y el proyecto de vida por la necesidad de ser visto.
Hubo un tiempo en que, para muchos jóvenes, crecer significaba salir de casa para estudiar, aprender un oficio, conseguir el primer trabajo, formar amistades, enamorarse, equivocarse y volver a empezar. No era necesariamente una época mejor ni más sencilla. También había frustraciones, desigualdades y conflictos. Pero existía una idea bastante clara: había que hacer algo con la propia vida.
Hoy aparece otro fenómeno. Jóvenes que “farmean aura”: buscan acumular presencia, prestigio, admiración, seguidores, gestos que los hagan parecer interesantes, poderosos o diferentes. La palabra nació en el universo de las redes y los videojuegos, pero describe algo que va mucho más allá del lenguaje adolescente. La pregunta incómoda es: ¿qué nos pasó para que la apariencia comenzara a tener tanto valor?
Quizás el problema no sea exclusivamente de los jóvenes. Tal vez ellos simplemente están llevando hasta el extremo una lógica que los adultos construimos.
Vivimos en una sociedad que premia la imagen. Las redes sociales transformaron la vida cotidiana en una vidriera permanente. Ya no alcanza con hacer algo: hay que mostrarlo. No alcanza con saber: hay que parecer exitoso. No alcanza con tener una experiencia: hay que convertirla en contenido. Y, muchas veces, importa menos lo que somos que la imagen que conseguimos proyectar.
El joven que antes podía sentirse orgulloso porque había aprobado un examen, conseguido un empleo o aprendido un oficio, hoy también recibe el mensaje de que debe conseguir visualizaciones, seguidores, comentarios y reconocimiento inmediato. La recompensa dejó de estar necesariamente vinculada al esfuerzo sostenido y comenzó a estar asociada a la atención.
¿En qué fallamos como sociedad?
Fallamos cuando dejamos de enseñar que algunas cosas importantes llevan tiempo. Cuando convertimos el éxito en una cuestión de dinero, apariencia o popularidad. Cuando les dijimos a nuestros hijos que debían ser felices, pero no les enseñamos que también tendrían que atravesar frustraciones. Cuando confundimos protegerlos con evitarles cualquier dificultad.
Fallamos también cuando despreciamos el valor de la cultura, del conocimiento, de la lectura, del trabajo y de la palabra. Cuando un adolescente percibe que estudiar durante años puede ofrecerle menos reconocimiento inmediato que una publicación viral, no necesariamente debemos culpar al adolescente. Tenemos que preguntarnos qué sociedad estamos construyendo.
Pero sería injusto afirmar que todos los jóvenes son así. Millones estudian, trabajan, emprenden, cuidan a sus familias y construyen proyectos silenciosamente. El problema es que esos jóvenes casi nunca se vuelven virales. La cultura digital tiene una enorme capacidad para amplificar justamente aquello que provoca impacto inmediato.
“Farmear aura” puede ser una expresión graciosa. Incluso puede ser simplemente una moda pasajera. Pero también puede funcionar como una metáfora de época.
Porque detrás de esa necesidad de acumular “aura” aparece una pregunta más seria: ¿qué estamos haciendo para que nuestros jóvenes quieran ser admirados antes que preparados, reconocidos antes que realizados y vistos antes que escuchados?
Quizás no se trate de volver al pasado. No hay que demonizar las redes ni idealizar a las generaciones anteriores. Se trata de recuperar un equilibrio que parece haberse perdido: enseñar que la vida no es una competencia permanente por llamar la atención.
Hay cosas que no generan likes.
Leer un libro. Aprender un oficio. Estudiar una carrera. Cuidar a un familiar. Trabajar ocho horas. Aprender de un fracaso. Cumplir una promesa. Ser buena persona cuando nadie está mirando.
Nada de eso necesariamente “farmea aura”. Pero quizá construya algo mucho más importante: carácter.
Y tal vez esa sea la tarea que nos corresponde como adultos: dejar de preguntarnos solamente qué les pasa a los jóvenes y empezar a preguntarnos qué mundo les estamos entregando para que ellos quieran vivir en él.
Porque si una generación prefiere farmear aura antes que construir futuro, quizás antes de juzgarla deberíamos mirarnos al espejo.
Como se lee en Ensayo Sobre La Ceguera, de José Saramago, » Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos.»
Por Reynaldo Ortiz
