Destrucción, amenaza, condena y brújula binaria en la política actual

Las posiciones ideológicas extremas lograron imponerse generando dogmas que inevitablemente esclavizan a los ciudadanos. Impera el odio, la iracundia, la condena, la bronca, la frustración y el deseo de eliminar al que piensa distinto, porque ya no es un semejante: la modernidad lo convirtió en una amenaza.

Emociones, sentimientos y bajos instintos que conducen a la indignación se mezclaron en una coctelera que anuló el debate ideológico.

Los algoritmos de las redes sociales y las apps hicieron su parte, sirviendo en cada celular, con perversión minuciosa, un menú a medida del usuario, ya sometido, ovejuno y domesticado por una ideología extremista que imperó con la fiereza propia de una película de los hermanos Joel y Ethan Coen: Sin lugar para los débiles, basada en la novela No es país para viejos, de Cormac McCarthy.

El resultado que este experimento mundial obtuvo está a la vista: ciudadanos moldeados por ideologías deterministas, fanatizadas y taxativas, sin espacio para el disenso, la tolerancia y la convivencia.

Se dictaminó que el que piensa distinto ya no es un semejante, pasó a ser una amenaza que deberíamos destruir movidos por un pérfido instinto de supervivencia exponencial.

Poco a poco irán desapareciendo los debates políticos y veremos comportamientos, miedos, silencios y certezas aprendidas y repetidas como una cinta ciega recitada por corderos domesticados.

No se preocupen: también tuve un perro que se quedó ciego.

Las redes, las tendencias de consumo, la sociedad enloquecida y psicopateada nos exige hoy elegir un bando. ¿Se dan cuenta adónde hemos llegado?

Los bandos exacerbados e irascibles ya no proponen, sencillamente condenan. Sobredimensionaron su propia moral, inventando para la manada un relato, en apariencia, ético. Y se mueven a través de una brújula binaria.

En el afán de reducir ambigüedad para sentirse seguros, los ciudadanos alienados cayeron en un reduccionismo facilista y mediocre.

Frente a este panorama, diagramado perversamente desde lo alto del Círculo Rojo, el ciudadano adiestrado, listo para obedecer, necesita una política que castigue al otro.

Precisa alistarse en una guerra cultural que no termina de comprender, porque fue diseñada para atemorizar, dominar y someter. Busca sentirse «del lado correcto» y tener razón todo el tiempo.

El ciudadano perdió el viejo oficio del debate y se convirtió en un engranaje que pone en marcha una gigantesca maquinaria invisible que mata almas.

Entonces surgen algunos interrogantes.

Ya no preguntamos «¿qué ideología sigues?», sino que deberíamos preguntarnos «¿en qué tipo de ciudadano te están convirtiendo?»

Bástenos repasar los libros La mente de los justos, de Jonathan Haidt, e Identidad, de Francis Fukuyama, para comprender este fulminante fenómeno demoledor que nos aplasta con la funesta fuerza de una marea gigante y demoledora.

Así nos va.

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